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martes, agosto 02, 2011

Carreteras Nacionales. N-625. Mansilla de las Mulas-Arriondas.




Carreteras Nacionales.

N-625. Mansilla de las Mulas-Arriondas.

La mañana en que Manuel Rivas me ofreció bizcocho había comenzado como cualquier otra, después de un día entero en la calle, cervezas, literatura y rock.

Acababa de tomarme una tostada con mermelada (cosas del norte, que no sólo no saben lo que es la cachuela, sino que ni siquiera de ofrecen un buen chorreón de aceite para regar sus exquisitos panes), pues eso que estaba allí, donde me había alojado la organización de la Semana Negra, y aparece en el otro extremo de la barra Manuel Rivas, a pesar de no ser mitómano, ni acostumbrar dar la chapa a los “famosos”, me dirigí hacía él saludándole sonriente, y estuvimos charlando un rato, y lo más importante para mí, es que me ofreció una porción de su bizcocho, muy entrañable.

Salí de allí, con la intención de caminar al final de la playa de Gijón, por una ruta que había visto hacía unos años, pero fue imposible dejar el coche en ningún lado, estaba todo urbanizado, ajardinado, carrilbicicletado…así que me piré rumbo a Villaviciosa, ya que nunca se sabe que puedes encontrar allí.

Y antes de darme cuenta estaba en Arriondas, en una glorieta con gasolinera, tirolina, pasarela de cuerdas, piraguas y lo más importante pareja verde-amarilla de picoletos, que desde luego no estaban ordenando el tráfico caótico.

En este momento decidí hacer la N-625 y llegar hasta Mansilla de las Mulas. Pero como no llevaba la grabadora a mano, el teléfono lo usaba para hablar y con tanta curva era imposible apuntar lo más mínimo, esta ruta será de memoria, y como se sabe la memoria es engañosa, mentireira y hasta embaucadora, así que no me responsabilizo de nada, ni siquiera de su existencia.

En primer lugar que apenas hay zonas de concentración de accidentes señalados ya que prácticamente es una carretera diseñada para provocar accidentes, estrecha, sin arcén, a veces más estrecha y en una continua curva, contracurva y vuelta a curvar. Otras señalizaciones como vacas y ciervos al acecho no los voy a reseñar ya que es un sobresalto tras otro. Y aunque no tiene señal, hay que tener cuidado porque pueden saltar los salmones para cruzar la calzada.

Decir que esta nacional va contracorriente del Sella, casi desde su desembocadura en Ribadesella (cerca, cerca de Arriondas) hasta su nacimiento junto a la carretera en la Fuente del Infierno, y desde Riaño acompaña a la calzada el padre Esla, después de ser domeñado y remansado en la maldita presa.

En los primeros kilómetros todo es caserío y centros y campamentos de aventura, con piraguas y salvavidas por doquier, coches en todos los arcenes y huecos, y pescadores con la caña a la espalda, esperando pillar cualquier pez desprevenido o pendiente de la convocatoria electoral, por ejemplo.

Así llegamos y pasamos Cangas de Onís, donde el puente romano (ja) es de postal, y las casonas son de quitar el hipo, lo que quitarían los que las construyeron a sus semejantes….

Zigzaguea sin descanso la carretera atravesando pueblines y casas aisladas, el Sella siempre a la derecha marcando nuestro destino en cualquier curva.

Mención especial merece Vega de Cien, más que nada porque un despistado, que venía en sentido contrario, debió de entender “Métele a Cien” pues así venía, y por mi carril….un susto, un cagamento y asunto resuelto.

Así con cuidado y suerte comenzamos el Desfiladero de los Beyos, que es precioso, espectacular, pero la carretera se estrecha más (si, si más) y las curvas forman un sacacorchos… en medio de esta belleza está la Cascada de Aguasaliu, en este época con poco caudal, pero que en primavera es espectacular (digo yo).

Siguiendo, siguiendo y sorteando guiris (nacionales o extranjeros) entramos en León, porque es donde se entra en León, a pesar de cierto cartelón administrativo que no se qué dice.

La carretera comienza a ponerse pindia, y subimos y subimos, y los robles empiezan a enseñorearse del paisaje y Sajambre manda y ordena el territorio. Pasamos junto a la Fuente del Infierno donde nace el Sella, que nos ha abrazado durante todo el camino.

En el Pontón, alcanzamos la altitud máxima del viaje de ese día, no olvidar que habíamos partido del nivel del mar, esto es 0 metros. Hemos subido, como si nada hasta 1280 metros sobre ese 0 que dejamos atrás no hace ni una hora.

Antes de darnos cuenta las colas del siniestro pantano aparecen, con la antigua carretera sumergiéndose directa en los prados inundados, arrebatados a punta de cetme y porra y tente-tieso.

Cruce con la N-621, Unquera-León, que me mira golosita hacia Cantabria, y que comparte trazado hacia el sur durante bastantes kilómetros con mi N-625, y Nuevo Riaño, postizo y alpino, todo cartón piedra salvo la iglesia, que no era la suya, pero allí la montaron. Y el pantano rodeado del circo de picos pelados, calizos, formidables, y los recuerdos, el lastre del pasado, los tejados tan hundidos, como las almas de quienes mandaron el valle a la muerte.

Dejamos atrás la presa, DEMOLICIÓN, pintó durante años, y ya seguimos al padre Esla que escapa tumultuoso abrazando la carretera, con los pueblos, las casas, los campos y los manzanos, que empiezan a estar apetecibles.

Un desvío a la derecha nos llevaría a Sabero, por la N-621, pero no es esa nuestra ruta hoy, no es ese nuestro camino, ni el Museo de la Siderurgia, ni ver los primeros altos hornos, ni nada de eso, ni las escenas de cine mudo.

En Cistierna se estrena una circunvalación que parece capitalina, saltando sobre el rio y dejando a la gris población ladeada, sola a los pies de la peñas, las últimas peñas antes de entrar en la ribera, que se abre y expande, con sus sotos de chopos y algún rebollar descolocado, y el rastrojo del cereal que ya está a buen recaudo.

Y se entra ahora en la Comarca de Rueda y el adobe y el tapial se enseñorean en el caserío, y los pueblos se hacen pequeños y el Esla se acerca y se aleja, a su gusto de la carretera.

Casi antes del morir en Mansilla de las Mulas dejamos una cárcel, si eso es lo que es, allí donde casi no se ve, allí donde no molesta a nadie, allí donde se encierra a personas, no sé por qué, pero se las encierra y mi amigo Jaime Torcida hace revistas y trabaja con ellos.

Y en Mansilla de las Mulas muere este camino, muere tributando en la N-601, muere donde un gran soto de chopos recibe al Esla, que avanza raudo camino del Duero, pero esa es otra historia.

domingo, septiembre 05, 2010

Carretera Nacional N-341. Venta del Pobre-Carboneras.






Hay carreteras de estas que vas y te las encuentras. Huyes de una autovía buscando la orilla, las olas que quieres que te salpiquen y de pronto atravesando por la mitas Carboneras te das cuenta que estás en una Carretera Nacional, que es la N-341 y que casi antes de empezar se habrá terminado.

Parece ser que esta es de esas Carreteras Nacionales que unes lugares industriosos o industriales, o energéticos, con otros lados. No debemos olvidar que el fondo de Carboneras hay una horrorosa central térmica, y desde luego nada mejor que unirla con la Venta del Pobre, donde se puede tomar la A-7 y partir raudo al norte o al sur.

Pero nada, salimos de Carboneras asombrados de esta Nacional, y aunque vamos con el depósito que da gritos nos negamos a repostar en la única gasolinera del trayecto, ya que es BP y si siempre le hemos tenido gato, ahora más.

Una ruina nos ofrece un colorista grafiti a nuestra izquierda, mientras la carretera discurre por las lomas peladas de vegetación y tirando a erial, anunciando la entrada en alguna de las partes componentes del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar.


Resulta que esta Nacional sólo cuenta con 19 kilómetros de recorrido y no nos ofrece la posibilidad de zona de accidentes, ni de casi nada, aunque al principio nos avisa de que podemos ser asaltados por el ciervo que nos persigue por toda España.

Sin darnos cuenta llegamos al final, vamos a contrapelo, a contra corriente, como casi siempre y terminamos en la Venta del Pobre donde repostamos y nos piramos por ahí.



viernes, abril 16, 2010

Carretera Nacional 403. Toledo-Adanero


Carretera Nacional 403. Toledo-Adanero. Recorrida el 29 de marzo de 2009.

En las matemáticas siempre nos indicaron que el orden de factores no altera el producto. En los recorridos por las carreteras podría decirse que es igual, aunque no es lo mismo. Los puntos kilométricos crecen o decrecen según el sentido de nuestro camino. Las subidas o bajadas cambian y aunque la dirección siempre es la misma, la impuesta…en ocasiones tomamos el sentido que queremos, que nos toca, que nos obligan o vaya usted a saber.

Realizado el introito vamos allá con la procelosa descripción de nuestro discurrir por la carretera nacional 403. N-403 que une o lleva o manda de Toledo a Adanero pero también de Adanero a Toledo y ese será el sentido del sinsentido que nos lleva a arrostrar este empresa, sin pizca de espíritu caballeresco ni de otro tipo, tal vez sólo son el afán de pasar el rato y vivir para contarlo (en este caso si que no vale el lema de mi camiseta de la otra noche de Beber para contarlo).


Comienza el relato:


Adanero pueblo ciudad o sitio es de donde partimos en pos de esta carretera nacional 403. Al poco de comenzar pasamos sobre la línea de ferrocarril de Ávila-Medina del Campo. El cereal apenas levanta una cuarta, nada que ver con el que hace una semana en la Nacional 630 casi llegaba al medio metro. Al fondo Gredos se encasqueta una nutrida fila de nubes, blancas y perezosas.


Una enorme torre con cigüeñas adosadas preside Pajares de Adaja, en el kilómetro 170. Un camión de recogida de leche, creo que de oveja, para hacer queso duro, picante, puro.

Un pinar escorado a la derecha entre los campos de cereal que se pierden hasta más allá del final de la vista, más pinares, más pinares.


Blasco Sancho queda retirado de la carretera aunque se pasa junto al cementerio y un enjambre de antenas de telefonía y de televisión. Y campos de cereal que quieren crecer, quieren surgir pero están realmente pequeños.

Un caserío deshilvanado, una iglesia-torre-fortaleza, una gasolinera de BP y un pueblo que no sabemos como se llama, un cementerio con sus tres grandes cipreses.


A la derecha Vega de Santa María y a la izquierda Velayos. Tres cruceros de piedra a la entrada de Velayos y un camino con árboles a ambos lados, ¡qué pocos quedan¡. Una carretera une las dos poblaciones atravesando esta nacional que la parte.

Chopos desplumados, en grupitos de diez en diez, de seis en seis, de cien en cien (bueno de cien en cien no hay, aunque queda bonito)...pero chopos desplumados, delgados, camino de Pozanco con otro crucero de piedra mientras entramos en Santo Domingo de las Posadas y somos saludados por un enorme anuncio que dice “Caja de Ávila nuestro interés las personas”, aquí se mezclan distintos tipos de construcciones unas usan adobe, otras granito, se mezcla la reja y la teja.

Primera señal de peligro que vienen los ciervos, aunque curiosamente lo único que nos ataca es un helicóptero militar en vuelo rasante. Cruzamos un arroyo sin nombre, o al menos no ha merecido la atención de los señores de las carreteras. Un arroyo rodeado de chopos desnudos.

Aparece en este momento la obra nuestra de cada día, señales amarillas junto al suelo, un hombre con un mono amarillo agitando una bandera roja arriba y abajo, bandera roja arriba y abajo, bandera roja arriba y abajo. Otro arroyo sin nombre, otra chopera. La obra consiste en este momento en poner zahorra a ambos lados de la calzada.

Es el instante de entrar en nuestro primer kilómetro de concentración de accidentes, somos los últimos de una larga cola de vehículos agolpados por la obra, los accidentes se concentran en el kilómetro 153. Y otro arroyo innominado. Junto a un soto termina el tramo de concentración de accidentes y parece que por ahora hemos tenido suerte.

El paisaje comienza a variar ligeramente, a pesar de que el cultivo predominante continua siendo el cereal, el terreno se ondula; la llanura que nos ha precedido comienza a ocultarse sutilmente entre las lomas y algunos pueblos se enseñorean en su pequeña altura, siempre a la sombra de las iglesias, sus campanarios ahora bajo la protección de las concentraciones de antenas de telefonía móvil.

Otro soto que dibuja el curso de otro arroyo, también sin nombre, al menos en el puente sobre el que lo cruzamos.

Luces de emergencia, luces de divergencia.

Un antiguo puente con pretiles de granito, iremos adentrándonos en las construcciones de granito de manera prodigiosa.

Llegamos al pueblo que veíamos a lo lejos, y que tiene sus cositas y sus abalorios; muros de piedra de granito, se trata de Mingorria, desde aquí se puede ir a San Esteban de los Patos y Tolbaños.

Justo aquí comienzan a aflorar en los campos y en las elevaciones los grandes berrocales, las grandes rocas graníticas erosionadas por siglos y siglos de lluvia, viento, frío, hielo, craquelación; el producto de todo ello son muchas piedras en el campo, rocas junto a la carretera y muros, muros que separan las hijuelas, muros que separan el predio, la herencia de sus mayores.

Salimos y tenemos una gasolinera a la izquierda de nuestras pantallas, una gasolinera de estas de marca desconocida (independientes las llaman). A la izquierda se ve una instalación de RENFE, parece algo para cargar vagones de reparación y cosas de esas.

El paisaje ya ha cambiado, encontramos dehesa, encinas y más encinas, separadas de la carretera por perfectos muros de piedra y en este momento entramos en el segundo tramo de concentración de accidentes, también de un kilómetro de longitud. Una vez más superamos con éxito el desafío, ahora la carretera se ondula, se pega al terreno, sube y baja, las curvas se suceden y las encinas se ciernen sobre la carretera, sobre el muro propietario. Ahora aparece a la izquierda una vía de ferrocarril, con sus catenarias y cada vez más vacía, toda vez que el AVE ahora pasa por Segovia, aunque están de obras, decenas de traviesas (pero de hormigón) se reparten al lado de la vía a la espera de ser colocadas.

Veo gente haciendo deporte, corriendo, imagino que vendrán desde Ávila, con su ropa técnica ajustada, anti todo.

Desde aquí se ve como se van deshilvanando las últimas nieves en las cumbres, cada vez más cercanas. Esperemos poder llegar bastante arriba y disfrutar de esa nieve ya con la primavera rampante.

Volvemos a pasar sobre la línea férrea Ávila-Medina del Campo. Cuando ya nos indica que Ávila ya lo tenemos a 700 metros y aparece una gran rotonda distribuidora del tráfico que nos indica Ávila todo recto y Toledo, Salamanca y Plasencia por la A-51 a la derecha. Seguimos recto ya que es el recorrido de la N-403. Hacemos dos rotondas en subvirage lateral amiotrófico, pasamos delante del cementerio con portada de granito, muros de granito, mausoleos de granito sobre los que sobresale una linterna, rodeada de cipreses, muchos cipreses, en todo su esplendor y belleza.


Al frente aparece la muralla, esa muralla milenaria que parece atrapar a Ávila y no dejarla salir de si misma. Giramos a la derecha y nos aparece un moderno edificio, auditorio, museo o algo así, recubierto de piedra en movimiento, otro edificio que se mueve con decenas de aristas, lo que habrán sufrido los albañiles para colocarlas.

Seguimos rodeando la muralla, el río Adaja aparece a nuestra derecha y lo cruzamos, como todos los ríos este año viene pletórico, el Molino de la Losa adorna la ribera allá abajo. Nos confundimos y en una pequeña rotonda damos la vuelta, o no, pues no damos la vuelta. Seguimos a este lado del río. Nos sorprende que en una ciudad tan ultradecimonónica, ver un resto de chimenea industrial de ladrillo macizo. Y ahora aparece la ruta del colesterol, repleta de grupos de personas aceleradas.

Una rotonda divide el tráfico para la N-110 y la N-403, y volvemos a ver Gredos con un copete de nubes que se abraza a las cimas. Seguimos con la dirección Toledo mientras volvemos cruzar el Adaja que si antes estaba encajonado ahora se desparrama por toda la vega, inundando juntos, brezos, jaramos, marjales y ahora estamos junto a una especie de plaza de toros, donde están los camiones del Circo Americano, el edificio debe ser de estos ambivalente o trifásico, que no mismo sirve para una cosa que para la contraria.

La salida de Ávila es un continuo rotondear de rotondas que se abrazan unas con otros rodeadas de construcciones de edificios horrorosos, unas de otras, y más detrás de las otras y más rotondas que dan acceso a más edificios feos. Al final unos chalets adosados presuntuosos, con piedra pintada, al final unas casitas más bajas y sencillas que son lo único que se libra estéticamente.

Dejamos la última o la penúltima rotonda de todo este grandísimo polígono constructivo ya tenemos las cuestas y curvas que nos van a llevar a La Paramera. El Monasterio de Sonsoles se dispara ante la vista y acercándonos se nos aparece la Residencia Canina Nuestra Señora de Sonsoles, seguramente Nuestra Señora de Sonsoles estará muy contenta con la residencia canina.

Subimos por doble carril, 100 limitación de velocidad. La roca aflora cada vez más rotunda y allá vamos, cuando el camino se empina de verdad.


Las cumbres más elevadas quedan a nuestra derecha con las laderas con sus pueblecitos que tachonan de blanco el paisaje, aquí y allá desperdigados. Y más arriba los jirones de nieve.

Acaba de aparecer un rótulo de Camino de Santiago, ya saben ustedes que dicho camino pasa absolutamente por todos los puntos de la geografía hispana.


Una venta, un gran redil, una casa importante en piedra granítica tallada, aparece a la izquierda. Al tiempo que nuevas señales nos indican que los ciervos pueden abalanzarse sobre nosotros.

El viento sopla inmisericorde en estos momentos, nos zarandea mientras un sol tímido no puede abrirse paso entre las nubes, tan compactas que ni un avión podría cruzarlas.

Pasamos ahora por una gran trinchera practicada en la roca y se nos avisa de peligro de desprendimientos, en el año en que más desprendimientos he visto en mi vida, me alarma me pone en alerta y le pongo el casco al coche por si los pedruscos.

A la izquierda aparece una inmensa nube nodriza, seguramente repleta de cientos de ovnis dispuestos a transitar raudos el cielo terrestre.

Anuncio de fuente, pero no se ven ni colas ni aglomeraciones de personal para llenar sus garrafas. Lo que si se vé es el campo encharcado, lleno de agua un abrevadero con su chorrito...este año tenemos agua.

Un vallado metálico a mi derecha y las inconfundibles señales de coto de caza me ponen de mala leche, al tiempo que entramos en un nuevo tramo de concentración de accidentes en este caso de 3 kilómetros al tiempo que pasamos La Paramera con sus 1.352 metros de altitud, aunque la verdad no lo ha parecido. En un kilómetro se nos reclama atención ya que tenemos curvas para acá y curvas para allá.

Sin darnos tiempo a salir de una concentración de accidentes, nos vemos metidos en otra zona de avalancha de ciervos. Las cumbres están cubiertas por la nubes.

Las laderas se cuadriculan con sus muros divisorios y sus acotaciones, y resultan unas laderas parceladas, divididas por rectángulos, más o menos imperfectos, en ocasiones hasta con lados curvos.

Pasamos sobre un puente de granito de gran cilindrada, pero una vez más no se nos indica sobre lo que estamos pasando.

Las cunetas están muy adecentadas y encauzadas, la carretera está muy bien, los guardarrailes tienen su zona de atención a motoristas, vamos para frenar el impacto de los motoristas.

Ahora lo que se nos van a abalanzar son vacas, de los ciervos hemos pasado al aviso de peligro por vacas. Aunque hay que señalar que mientras la actitud del ciervo es realmente agresiva la de la vaca es mansa y tentetieso.

Estas divagaciones nos cogen desprevenidos ante un nuevo tramo de concentración de accidentes.


En la bajada de esta cordillera vemos un pantano, vemos retazos de la antigua carretera, algunas curvas han sido eliminadas. Vemos una senda o camino a nuestra izquierda, desconocemos a que categoría, etnia o cultura corresponde.

Entramos en El Barraco y no vemos ciclistas. Eso si las luces festivas cruzan la calle-carretera; desconocemos si es por fiestas o por la Semana Santa. Enorme iglesia a nuestra derecha, una mole de granito. A la salida algunas casas viejas que podrían tener su encanto pero que están entre rotas y abandonadas, fanés y descangallás.

Los árboles florecidos se mezclan con los perennes y es un todo un espectáculo de la naturaleza. Con las grandes cimas detrás cubiertas de nubes blancas, enormes, estáticas.


Al salir de la población se nos vuelve a avisar de un peligro de vacas y sin darnos tiempo a precavernos, la señal de ciervos nos avisa, y con tanto aviso de ataques animales vamos con el corazón en un puño.

Todo ello salpimentado con señales de prohibición de adelantar y líneas continuas, que se suceden con ridículos tramos de escuálidos metros donde se permite el adelantamiento, aunque se necesita un formula 1, o una moto de 1000cc para poder hacerlo.

Una gasolinera independiente, marca Juanjo -amarilla-, se presenta de pronto.

Ya estamos en el pantano que veíamos desde arriba. Embalse del Burguillo un sitio increíble, precioso: En el kilómetro 100, ya sólo nos restan ese centenar de kilómetros para llegar a Toledo.


El pedregal se hace enorme y los frutales se multiplican y allá arriba se ven unas cuantas mimosas, que tiñen de amarillo el granito y el verde. Todo es muy bonito, seguramente sea también muy pijo. Lo que no sé es si estará la chica de la curva por aquí o no.

Vamos abrazando el pantano, nos sale una desviación al Valle de Iruelas, que seguramente será una zona preciosa. Hay chalés, no barquitas de pantano, chalés de tomo y lomo. Pinos, abetos, frutales, el agua oscura refulge, con las rocas saliendo del agua hasta la línea de flotación.

Nos cruzamos con la segunda ambulancia del día, con su sirena, luces y abalorios.


Ahora nos topamos con la desviación a Cebreros, el pueblo del chico este...Suárez, no sé si os acordáis de él. Él no.

En este momento pasamos sobre un gran viaducto en curva sobre el río Alberche. Río importante, de cuando en el colegio aprendíamos (a base de repetir canturreando) todos los ríos de España y sus afluentes, pues bien este creo recordar que es afluente del Tajo.


Al salir de la contracurva vemos un poblachón que se llama El Tiemblo, “pero mira como tiemblo, ooooo”.

Un robledal aparece a nuestra derecha, acotado por la propia carretera y un bosque de pinos mas arriba, que lo cierra. Pinos de repoblación, que siempre lo hemos dicho como escupiéndolo, pero ahora que dejen todos los árboles en sus sitios, por favor. Un gran depósito elevado para almacenamiento de sal, o como le dicen ahora fundentes para ayudar a la viabilidad invernal. Se termina el robledal. Nos encontramos con una viña pequeña, mocha.

Entramos en una zona de pinares y se abre un gran valle, se ve un pueblo al fondo, las nubes se van deshilvanando y deshaciendo.


Se suceden las urbanizaciones, setos y jardineros aprestando la cosa porque ya está la Semana Santa encima y vendrán desde Madrid las huestes.

Cuando no hemos recorrido aún ni 100 kilómetros hay un hecho curioso, los chopos que estaban allá por Ávila estaban grises, casi muertos, comatosos, aquí empiezan a reverdecer sus puntas, las hojas verdi-amarillas. Mientras dejamos atrás la provincia de Ávila y finalmente la Comunidad de Castilla y León.

Nos vamos acercando a la provincia (y Comunidad Autónoma) de Madrid, y a la población de San Martín de Valdeiglesias. Y ahora resulta más curiosa la señalización que nos indica que incluso aquí en Madrid, hay ciervos deseosos de saltar a la carretera y embestir a los automóviles. Todo esto son tierras de pastos, alguna viña diseminada y árboles. Un peregrino con sus bastones extensibles y su mochila se cruza en mi camino y allá se pierde en el retrovisor, que lleves buen camino hasta Santiago, compañero.

Sin llegar a entrar en San Martín de Valdeiglesias tomamos una circunvalación que va bordando el pueblo con sus rotondas, adornadas con olivos, y sus desviaciones como la que nos envía a Plasencia por la M-501. Otra a Brunete, Madrid, de pronto la civilización se derrocha en carreteras que se cruzan, puentes y desvíos.

A la vez que vemos la desviación para Cadalso de los Vidrios, comenzamos a ver los maravilloso pinos piñoneros que nos acompañan con sus troncos impresionantes y su copa cual brecol gigante. Algunas mimosas salpican el verde de los pinos componiendo una mezcla de verdes y amarillos. Resumido en la hierba que crece tierna y vibrante, tan rica.

Sin darnos cuenta entramos en la provincia de Toledo en la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.

El pinar se va cerrando en espesura, las copas y las ramas cierran el bosque y nos ameniza este tramo con su belleza vegetal.

De pronto sin darnos cuenta dejamos atrás Escalona, que después comprobaremos que se llama Escalona del Alberche, con una magnífica muralla (con castillo-palacio mudejar). Olivos alineados, podados, en perfecta formación para pasar revista. Mimosas, encinas, setos, más setos y flores amarillas, no confundir con flores a maría. Flores amarillas.


Aquí paramos a desayunar que ya va siendo hora. Una leche manchada y media tostada con aceite.

Seguimos por la carretera unos cuantos kilómetros y comenzamos a ver el Castillo de Maqueda en la distancia.

Una nueva estación de servicio naranja, Meroil. Y se me atraganta la vida...se me atraganta.

Un castillo de exin castillos, tu castillo de exin castillos, mi amor, tu castillo rumbo al norte, rumbo al este, rumbo al noreste.

El trigo según avanzamos hacia el sur está más compacto, más alto, y mis lágrimas también.

En Maqueda pasamos bajo la N-IV, convertida hoy en A-4.


A la derecha de esta N-403, tenemos las obras de una autovía, que será la que en un futuro sustituya a esta nacional.

Una gasolinera FF, por aquí, más adelante una de Cepsa que quedará como un islote entre la nacional y la autovía. Y ya sólo nos restan 17 kilómetros para llegar a Toledo, fin de la ruta. Encontramos grandes barbechos. Las señales nos informan de que además de un señor con una pala, una vaca está dispuesta a arrojarse sobre nosotros, una salida de camiones, que estemos atentos, un despeñadero y los chopos por aquí ya empiezan a reverdecer de una forma espectacular. Otro indicador dice Puerta oro de Toledo, imagino que una urbanización o algo así. Y árboles diseminados, hasta unas frondosidades allá a lo lejos.

Villamiel de Toledo y Toledo y Bargas. Y aparece un peregrino...pero de vuelta, va en dirección a Toledo, con su concha y su bordón de madera.

En este momento atravesamos el río Guadarrama lo cual nos coge por sorpresa y por eso quedamos impresionados. Gran vegetación de ribera que comienza a despuntar con sus hojas, no vemos el agua.

Una desviación nos quiere remitir a Madrid y diversos sitios, así que hacemos caso omiso y continuamos a Toledo. Una pequeña señal indica Toledo, pero tampoco hacemos caso, ya que lo nuestro es seguir siempre recto.

Estamos en lo que es la calzada de la futura autovía, aunque sólo está en uso un sentido, eso si con su radar fijo (fijo que te caza si te descuidas). Hay que tener mala lecha para poner un radar en zona de obras, pero ya sabemos como nos protege la DGT.



Cuando todavía faltan 7 kilómetros para terminar esta N-403 aparece un cartel que nos da la bienvenida a Toledo. Empiezan a recortarse en el horizonte los campanarios eclesiales y resto de torres incluso vemos los primeros aerogeneradores a un lado, allá lejos. Pasamos sobre un canal, sin nombre ni nada. Y tenemos el Observatorio Geofísico del Instituto Geográfico Nacional del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (así se llamó). Y ahora si, ya pasamos el cartel oficial de Toledo, al fondo allá arriba vemos el Alcazar, que sigue sin rendirse, y así son las cosas y así se las hemos contado. Enlazaremos con la N-401 hacia Ciudad Real. El Tajo, aquí está el Tajo, un precioso molino junto a su cauce, un puente de mucho ringo-rango. Y no entramos, no entramos porque nos vamos a recorrer la Nacional 401.